Tras un par de días conociendo Mandalay, la antigua capital de Myanmar, estábamos impacientes por volver al orfanato de Mboa (Asociación de Orfanatos Budistas de Myanmar). Era la segunda visita a un orfanato en la antigua Birmania y  teníamos que recoger las contestaciones a unas cartas que previamente les habian escrito alumnos de Valencia.
Además debíamos entregar material escolar para compartir gracias a la donación de Guanyem Sab.

Orfanato al norte de Myanmar

La intención es la misma que en otras ediciones del proyecto: acercar culturas, empatizar con otras realidades, motivar el aprendizaje del inglés como herramienta útil y, en definitiva, crear una experiencia que muchos de los participantes recordarán durante mucho tiempo.

Acompañados de Aung Zaw Oo , un monje del colegio donde estudian 180 huérfanos, compramos un centenar de cuadernos para colorear letras occidentales, un centenar de lápices de colores para compartir, una docena de sacapuntas grandes para cada clase, una veintena de sets para matemáticas (con compás, transportador de ángulos etc…), rotuladores para las pizarras.. y una gran bola del mundo, el regalo estrella. Normalmente damos por supuesto muchas cosas a las que estamos acostumbrados, pero enseguida comprobamos que la visión del planeta en su conjunto no era una de ellas en Myanmar. Incluso nos dió la impresión que algunas profesoras y estaban familiarizadas con la idea, así que tras resaltar de donde veníamos, insinúe que podría ser útil también para hablar de por qué hay diferentes usos horarios, movimientos de transición y traslación de la tierra, el sistema solar (pendiente: recordarles que Plutón ya no es planeta y que están buscando un escurridizo noveno planeta).

El mundo en Myanmar

Tras las compras de papelería pasamos por un distribuidos de artículos de deportes, donde sin duda nuestro amigo mostró más interés 😉 allí compramos un par de balones de fútbol, otro par de baloncesto, y otro par de un deporte muy popular -que consiste en ir pasando una pelota sin que toque el suelo, pudiendo golpearla con cualquier parte deo cuerpo menos los brazos- , junto a cuatro raquetas de bádminton con sus complementos.

Con todo ello nos dirigimos hacia el orfanato, calando el enorme y veterano Toyota con una bandera budista en el capot cada vez que teníamos que parar (lo que era cada pocos metros). Por el camino nos encontramos con numerosos grupos de monjes budistas (tanto monjes como monjas) en su peregrinación diaria para recoger ofrendas (comida).

Al aparcar en el patio un grupo de niños bajaron corriendo las escaleras para ver lo que traíamos. Al ver lo que traíamos perdieron la verguenza y tras examinarlo se lo pasaron al compañero que tenían al lado.

Nos vamos de este orfanato con la sensación de que los cuidadores hacen un buen trabajo, cuidando de casi 200 niños huérfanos, víctimas en su mayoría de conflictos que les son ajenos (principalmente en las fronteras con Bangladesh, China y el norte de Tailandia). Y guardaremos la imagen del pequeño que no hablaba y solo sonreía, mientras sus compañeros le protegían y le ayudaban a levantarse del suelo cuando caía.